Terapia en tiempos de IA: La dignidad de lo singular

Cuando una persona llega por primera vez a terapia, hay una pregunta que inaugura el encuentro: “¿Por qué estás acá?” o “¿Qué te trajo hasta aquí?”.

Cada quién llega con un sentido, una hipótesis o una causa que atribuye a su padecer. Lo escuchamos de las más diversas formas:

“Vengo porque tengo ataques de pánico”.
“Tengo ansiedad”.
“Quiero trabajar mi autoestima”.
“He perdido el sentido de mi vida, hago todo con desgano”.


A esta presentación la llamamos “motivo de consulta”: una primera envoltura con la que el paciente se presenta, la aproximación inicial desde la cual partiremos juntos para poder realizar un trabajo terapéutico. Sin embargo, estas frases aisladas, por sí solas, no nos dicen mucho. Pues lo que es ansiedad para una persona dista mucho de lo que significa para otra. Lo que alguien experimente en un “ataque de pánico” diferirá radicalmente de lo que atraviese otra persona.

El arte de «no entender»

Para situar la significación singular que esconden estas etiquetas, sintomatologías o cuadros diagnósticos, como terapeutas hacemos algo que parece contraintuitivo: preguntamos.

“¿Qué significa para ti ese pánico?”, “¿Qué quieres decir con ansiedad?”, “¿En qué circunstancias aparece ese desgano?”.

A diferencia del término «empatizar» —tan popular y exigido hoy en día—, un terapeuta está allí, primero, para no entender. Se trata de salirse del sentido común para que emerja lo particular, la diferencia. Solo al desconfiar de la definición del diccionario se abre camino el trabajo con ese síntoma único, irrepetible y distinto a cualquier otro.

El algoritmo vs. lo artesanal

Esto diferencia nuestro trabajo analítico y artesanal del procesamiento automático de una Inteligencia Artificial. Más allá de su indiscutida utilidad en otros sectores, al tratarse de una máquina de entendimiento inmediato y respuestas instantáneas, la IA obtura rápidamente toda pregunta con un sentido preconfigurado, estadístico y basado en probabilidades.

Cuando alguien le dice a una IA: «Me siento solo», la máquina responde con una síntesis de millones de textos sobre la soledad, ofreciendo un consuelo estadístico.
En la actualidad, la consulta con una IA se ha vuelto una tentación inmediata. Cada vez más personas recurren al algoritmo para encontrar respuestas: “¡Interprétame este sueño!”, “¿Qué hago si estoy teniendo un ataque de pánico?” o “¿Cuánto dura el duelo por una ruptura amorosa?”, “Cómo manejar la ansiedad?”. Incluso se entablan extensos diálogos donde se confiesan las heridas más profundas a chatbots y algoritmos conversacionales “que enseñan herramientas y brindan apoyo emocional”.

Pero la IA, por diseño, es una máquina de clausura, de cierre. Es un algoritmo entrenado para evitar el vacío y ofrecer una respuesta predictiva; por lo tanto, no da espacio al no-saber, a la incógnita o a la duda. La IA no escucha el silencio entre las palabras ni percibe el tono de la angustia, pero es especialista en obturar el agujero del no-saber. El alivio puede sentirse real, pero es el alivio de la anestesia: tapa la angustia con un sentido, pero no toca la causa.

La dignidad de la pregunta

La terapia, en cambio, busca sostener un espacio vacío para que sea el propio paciente quien encuentre sus respuestas. El análisis busca devolverle al sujeto su propia voz. Esta lógica de habilitar la pregunta, en lugar de la exigencia inmediata de respuestas, requiere dos elementos que nuestra época intenta suprimir: tiempo y esfuerzo.

Vivimos en la era de la «eficacia prometida»: lograr más en menos tiempo. Una lógica que le sirve al mercado y a las empresas, pero que fracasa ante la elaboración del sufrimiento humano.

Defender la pausa

Desde nuestro lugar como terapeutas, defendemos a capa y espada la dignidad del sufrimiento. Le devolvemos al dolor la pausa que necesita para ser tramitado. Lejos de intentar suprimir y aplastar el malestar, primero queremos escucharlo.
Entendemos que no existen recetas, métodos estandarizados ni «tips» que puedan suplantar la creatividad, la resiliencia y el proceso de superación de cada ser humano. Frente a la respuesta automática de la máquina, apostamos por la palabra que cura.

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