¿Cómo funciona y qué requiere un proceso terapéutico?

Iniciar una psicoterapia por primera vez suele despertar un mar de interrogantes: ¿Cómo empezar? ¿Qué se hace exactamente en las sesiones? ¿Cuánto tiempo va a durar?

Para responder a esto, primero debemos comprender que la psicoterapia tiene ciertas particularidades que la diferencian de otras disciplinas del vasto campo de la salud.

Comenzar un proceso terapéutico dista mucho de concurrir al médico a pedir una receta para que los síntomas alivien pronto; es diferente a visitar al kinesiólogo para rehabilitar un esguince; o acudir al odontólogo que instrumentará técnicas específicas para extraer un molar molesto.

En la medicina tradicional, el rol de quien consulta suele ser más pasivo. En la psicoterapia, las reglas del juego cambian.

El rol activo: Más allá de la palabra «paciente»

A decir verdad, a muchos psicoterapeutas la palabra «paciente», que refiere a «el que sufre» o «el que soporta pasivamente un dolor», nos incomoda un poco.

Es un término heredado de la medicina que no cuadra bien con nuestro campo, dado que hacer psicoterapia no se trata de “recibir” un tratamiento de forma pasiva; por el contrario, se sostiene en un trabajo subjetivo que requiere la posición absolutamente activa de quien participa buscando una solución a su malestar.

¿En qué consiste este trabajo? Es una labor que se basa en hablar, asociar, reflexionar, analizar, reconocer y preguntarse por  el propio mundo interno. Como tal, implica en primer lugar una elección, seguida de un esfuerzo y un compromiso sostenido; elementos indispensables para causar y abrir vía a un posible proceso terapéutico.

El inicio: entre la apertura y la resistencia

Cada persona transita este recorrido a su propio ritmo. Algunas ponen rápidamente manos a la obra —o mejor dicho, palabras al espacio— y comienzan a reconstruir su historia, a pensarse a sí mismas y a quienes las rodean, a cuestionar sus elecciones e identificar patrones. Van abriéndose camino con cierta naturalidad en este espacio que hacen propio.

Otras personas, en cambio, presentan mayores resistencias iniciales. Es habitual que pidan al terapeuta que les pregunte, que las oriente o que les diga exactamente qué hacer para curarse de aquello que los trae a consultar. Esta demanda es entendible y esperable, más aún en quienes dan sus primeros pasos en la terapia.

Por ello, el primer trabajo terapéutico a realizar juntos será causar una apertura; un interés en poner a jugar la palabra; un deseo de saber sobre uno mismo, para poder paulatinamente responder a las preguntas: ¿qué me pasa y por qué?

Habrá algunos que ante las resistencias quizás piensen que la terapia «no es para ellos». Sin embargo, quienes apuestan y creen en este trabajo subjetivo, logran, con el tiempo, dejar correr sus pensamientos y descubren que aquello que parecía un sinsentido, se sostiene en una lógica singular. Comienzan a seguir huellas que, aunque siempre estuvieron allí, necesitaban ser desempolvadas.

El rol del terapeuta: Respetar y causar

Este viaje será difícil de realizar sin la ayuda de un terapeuta que respete los tiempos de cada uno, sin forzar ni apresurar. La función del profesional será alojar, sosteniendo la firme creencia de que quien consulta tiene algo que decir.

Como terapeutas, escuchamos atentamente cada palabra y cada frase, cada historia, cada recuerdo, cada síntoma, y cada conflicto en el vínculo con otros.

Escuchamos y le damos valor, para que luego sea el mismo paciente quien valore su propia palabra e historia. Para que pueda pescar que hay un saber oculto, que no sabía que sabía, y que será el punto de inicio para inventarse una nueva posición ante la vida, distinta de la posición sufriente con la que ha llegado.

Nuestra responsabilidad como psicoterapeutas

El terapeuta no es un guía espiritual o un consejero que dirige la vida de las personas. Por el contrario, la terapia debería apostar a que sea el propio paciente quien encuentre sus respuestas.

Ello no sin olvidar y dejar de lado que nuestra labor como profesionales es fundamental y se divide en tres pilares:

  1. Causar el deseo de comenzar a transitar juntos este recorrido y proceso histórico.
  2. Sostener el camino mediante la escucha atenta, el señalamiento clínico y la pregunta precisa que oriente y movilice la palabra.
  3. Acordar la salida con ética cuando el trabajo terapéutico se ha agotado o cuando el paciente decide detenerse

El trabajo «entre» sesiones: El eco de las palabras

Además, el trabajo terapéutico va más allá de lo que ocurre solo dentro del consultorio. El verdadero trabajo no se limita a los minutos de sesión, sino que encuentra un lugar en el tiempo «entre» citas.

En el mejor de los casos, lo que se despliega en una sesión quedará resonando los días posteriores como un eco, y el desafío del consultante consistirá en saber escucharlo, darle lugar y continuar elaborando y trabajando el camino en su vida cotidiana.

La gran pregunta: ¿Cuánto tiempo va a durar?

Por último, pienso que una diferencia crucial con la medicina es la dimensión del tiempo.

En el modelo médico, el tiempo es exacto, definido y limitado: «Tomar un comprimido por día durante una semana», «La cirugía durará dos horas y la recuperación tres días» o «El dolor aliviará dos horas después de tomar esta pastilla».

En psicoterapia, el tiempo es más complejo e incierto, lo cual no significa que sea eterno o que no se perciban efectos terapéuticos rápidos.

Pero aquí también, la decisión y el compromiso de sostener el proceso caen del lado del sujeto.

Por eso, para abordar esta frecuente inquietud, considero interesante transformar la pregunta: no es tanto «¿Cuánto va a durar el tratamiento?», sino más bien «¿Cuánto camino deseo recorrer?».

Si crees que es momento de comenzar tu recorrido, contactanos. 

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